Firma digital Fundación M. Trinidad Carreras

Educación, seguridad alimentaria y desarrollo local en Perú, México, Angola, Benín y Timor. Esto es lo que la Fundación M. Trinidad Carreras está haciendo este año, y cómo lo estamos haciendo.

Cuando visitamos las comunidades donde trabajamos, hay un momento que se repite y que nunca deja de impactarnos: el momento en que la persona que tienes delante te mira y te habla no como beneficiaria de un proyecto, sino como protagonista de su propia historia. Ese momento es el motivo por el que existimos.

Este año, ese momento se ha repetido más de 2.700 veces. Son 900 niños, 904 niñas y 953 mujeres en cinco países de tres continentes —Perú, México, Angola, Benín y Timor Oriental— con quienes estamos construyendo algo que va mucho más allá de cualquier proyecto: una forma diferente de entender la cooperación.

Educamos porque es la raíz de todo lo demás

La educación es el eje central de nuestro trabajo. Pero cuando decimos educación, no hablamos solo de aulas y libros. Hablamos de procesos de transformación que acompañamos en los cinco países donde tenemos presencia, siempre en contextos de vulnerabilidad: comunidades indígenas, zonas rurales, territorios donde la pobreza y la violencia han erosionado el tejido social durante generaciones.

En México, por ejemplo, trabajamos junto a comunidades indígenas en zonas donde la violencia pega fuerte. Allí hemos visto algo que nos llena de esperanza: mujeres que comenzaron como participantes y hoy lideran con plena confianza los grupos de niños y niñas. Una de ellas nos dijo algo que no olvidamos: «Queremos que nuestros hijos se arraiguen a sus raíces. Que no olviden.» Eso es exactamente lo que buscamos con nuestra apuesta educativa: que la identidad, la memoria y la cultura sean la base desde la que cada persona construye su futuro.

En Angola, Benín y Timor Oriental, los contextos son distintos pero el enfoque es el mismo: acompañar, no sustituir. Fortalecer capacidades locales, no generar dependencia. Estar presentes el tiempo que sea necesario, con constancia y con humildad.

Porque ningún aprendizaje es posible con el estómago vacío

Hace tiempo aprendimos que la educación y la alimentación no pueden ir por separado. Por eso los programas de seguridad alimentaria forman parte de nuestra acción en los mismos territorios donde educamos. No como parche, sino como parte de una visión integral de la persona y la comunidad.

En Perú, uno de nuestros proyectos más ilusionantes de este año es la rehabilitación de una cocina y un comedor social junto a una comunidad indígena. Lo estamos haciendo con ellos, literalmente: voluntarios internacionales trabajando codo a codo con las personas de la comunidad. No llegamos con la obra hecha; llegamos con recursos, con energía y con la convicción de que son ellos quienes deben liderar el proceso.

Y hay algo en este proyecto que nos entusiasma especialmente: el comedor está ubicado en un santuario al que acuden peregrinos de la región. Eso significa que, además de atender a la comunidad local, puede convertirse en un punto de encuentro y de servicio para los visitantes —y en una fuente de ingresos que permita a la comunidad gestionarse de forma completamente autónoma. Un proyecto de alimentación que se convierte, al mismo tiempo, en un proyecto de autogestión y dignidad.

Desarrollo local: nuestra apuesta más profunda

El desarrollo local es quizás el pilar más exigente de nuestro trabajo, porque requiere tiempo, paciencia y una relación de confianza que no se construye de un año para otro. En Perú, es donde más hemos invertido en este enfoque.

Nuestra manera de entender el desarrollo local se resume en una pregunta que nos hacemos siempre antes de entrar en un territorio: ¿qué pasará aquí cuando nosotros no estemos? Si la respuesta es «nada», algo estamos haciendo mal. Si la respuesta es «la comunidad seguirá adelante por sí misma», vamos por el buen camino.

El comedor del santuario en Perú es también un ejemplo de eso: no es un servicio que dependa de nosotros. Es una infraestructura que, una vez rehabilitada y puesta en marcha, pertenece a la comunidad y trabaja para ella.

Por qué no paramos

A veces nos preguntan cómo sostenemos el ritmo. Cinco países, tres continentes, miles de personas. La respuesta es sencilla: porque cuando visitas un proyecto en terreno y ves lo que ocurre, no puedes hacer otra cosa que seguir.

No somos una gran organización. Somos un equipo comprometido, con aliados en el terreno, con voluntarios que creen en lo mismo que nosotros y con la certeza de que cada acción, por pequeña que parezca, cambia algo real en la vida de alguien real.

Este año, ese «alguien real» tiene nombre y cifra: 900 niños, 904 niñas, 953 mujeres. El año que viene, esperamos que sean más.