«Que no olviden»: religiosas que siembran paz y memoria en las comunidades indígenas de Amealco.
Las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús trabajan en una de las regiones más golpeadas por la violencia en México. Su apuesta: la educación popular, la autogestión y las propias mujeres de la comunidad como agentes de cambio.
En el salón, las voces de los niños se mezclan con las instrucciones de quien los guía. Pero quien está al frente no es una religiosa ni una maestra venida de fuera. Es una mujer de la propia comunidad, indígena, madre, vecina. Una mujer que hace no mucho tiempo asistía como aprendiz y que hoy lidera con convicción y naturalidad. Eso, en Amealco de Bonfil, en el estado de Querétaro, México, lo llaman transformación.
Una región entre la tradición y la violencia
Amealco de Bonfil es un municipio con una fuerte presencia de comunidades otomíes (ñhñhú), donde la pobreza y la marginación se cruzan con fenómenos crecientes de violencia. La presión del crimen organizado, la migración forzada y la erosión del tejido social han golpeado especialmente a mujeres y niños. Es en este contexto —difícil, pero también profundamente vivo y resistente— donde las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús decidieron anclar su misión.
Educación popular: de la dependencia a la autogestión
La propuesta de estas religiosas no es asistencial ni vertical. Se trata de educación popular: un enfoque que parte de los saberes y necesidades de la propia comunidad para construir capacidades desde adentro. El objetivo no es resolver los problemas de la gente, sino acompañar a que la gente los resuelva por sí misma.
Para ello, crean espacios de encuentro, formación y diálogo —talleres, círculos, grupos de reflexión— donde mujeres y niños de distintas comunidades se reúnen, aprenden y se organizan. La clave está en la formación de multiplicadores locales: personas que, una vez formadas, replican el proceso con otros. Así, cada taller no termina cuando se apaga la luz del salón: continúa en los patios, las cocinas y los caminos.
«Queremos que nuestros hijos no olviden»
Una de estas mujeres, hoy líder de su grupo, resume con claridad y emoción el corazón del proyecto: «Queremos que nuestros hijos se arraiguen a sus raíces. Que no olviden.» En pocas palabras está todo: la memoria como resistencia, la identidad como escudo, la cultura como camino hacia la paz.
En un contexto donde la violencia suele arrebatar el futuro, apostar por las raíces es un acto político y espiritual al mismo tiempo. Recuperar las lenguas, los saberes, las formas de organizarse: eso es también construir paz.
Una semilla que se multiplica
Las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús no aparecen en los grandes titulares. No tienen ejércitos ni presupuestos millonarios. Tienen presencia, constancia y la certeza de que el cambio real ocurre cuando una comunidad se reconoce a sí misma como capaz.
Visitar Amealco de Bonfil y ver a esas mujeres liderando sus grupos, con confianza y orgullo, es encontrarse con una forma de esperanza que no viene de afuera. Viene de adentro. Y eso, en tiempos difíciles, es quizás lo más poderoso que existe.







